Paloma Fisac de Ron

Compartimos la historia de Paloma Fisac de Ron dentro del proyecto Mujeres ICADE, impulsado por ICADE Asociación.

Paloma Fisac de Ron

Empiezo ICADE

Iniciábamos la carrera.Algunos ya lo hacíamos con el pie cambiado.

Tres meses antes, en el mes de junio me llamaron:

— Queríamos saber si usted sigue interesada en entrar en E-1. Hemos comprobado que todavía no se ha matriculado. Si no lo hace, perderá la plaza que le habíamos concedido. —

Se trataba de un buen comienzo. Por supuesto, al día siguiente, fui a matricularme. Lo había conseguido, y ¡yo solita!

El primer día, subí las escaleras de acceso al inmenso hall que daba entrada al imponente edificio de «Areneros». Lo hice como una princesa coja. Me tropecé y todos los folios que había cogido por si tuviera que tomar apuntes (esta mención es suficientemente clara, para saber los muchos años que han pasado desde entonces) salieron por los aires.

Pensé entonces, y con razón, en el brillante porvenir que tendría por delante. Me ayudaron a recoger los folios, pero no quería mirar a nadie porque estaba avergonzada y roja como un tomate. Lo mío era hacer el ridículo y en público.

Seguía con buen pie

Como si fuera un pulpo en un garaje, entré por el pasillo de la izquierda tras el hall en donde se anunciaban las aulas de cada grupo. Pregunté a una chica qué, curiosamente, iba al mismo curso que yo y que sería mi compañera durante toda la carrera. —¿Cómo te llamas?, y subimos juntas por la escalera hasta el segundo piso en el que se encontraba nuestra aula. Los de primero compartíamos planta con los de cuarto y quinto de carrera. 

En los primeros días comprobaríamos que las estudiantes éramos material nuevo. Y es que los de cuarto y los de quinto ligaban con las de primero (otra nota que delata nuestra edad. En aquella época eran pocas las mujeres que cursábamos alguna de las especialidades de ICADE).

Pero volvamos a nuestro primer día…

Llegadas al aula había una cantidad ingente de alumnos. Todos los de primero reunidos. Muchos de nosotros con la misma cara de pardillos (¡quién nos diera de nuevo esa inocencia bautismal!)

En medio del griterío entró un profesor que nos mandó callar de inmediato. Y el silencio se hizo.

Entonces llenó la pizarra de latinajos ante la atónita mirada de los presentes. Nos habíamos quedado callados, pero ahora estábamos sin respiración y congelados.

— Soy su profesor de Derecho Romano y necesito que ustedes sepan, entre otras cosas, declinar el latín de corrido. Entiendo que todos ustedes dominan estos conocimientos elementales. —

Necesito un voluntario. Y como siempre que hemos oído esa frase, todas las cabezas se metieron debajo de las mesas (aquí coinciden también las nuevas generaciones. ¡Por fin compartimos algo con ellos!).

Y como no se veía cabeza alguna, elevó la voz diciendo: — Si no hay ningún voluntario, yo lo buscaré. —

Y con su dedo inquisidor señaló a la que era mi compañera, sentada en el asiento contiguo. En aquel momento me sentí un ciempiés. Y, los cien pies que tenía temblaron al unísono y con ellos el resto de mi cuerpo. Ni siquiera con una amenaza de muerte hubiera podido pronunciar mi nombre.

Como muchos de los presentes, había dejado de estudiar latín en cuarto de bachillerato al pasar a ciencias. El latín era, al menos para mí, algo difuso que no había dejado huella en mi cerebro. Entonces no sabíamos que alguno pasaría por la Universidad, pero la Universidad no pasaría por él, como ocurría con el latín.

El profesor le preguntó a mi compañera durante un tiempo que a mí me pareció una eternidad y finalmente la mandó sentarse. En aquel momento supe que Dios existía porque me había protegido de hacer el ridículo delante de una cantidad ingente de personas.

Después de mandarnos comprar una ristra interminable de libros para estudiar la asignatura, aterrorizarnos aún más con los exámenes, con los trabajos y un largo etcétera que, ninguna de las mentes allí presentes estaba dispuesto a recordar, salió de clase.

Inmediatamente, entró otro profesor ante el miedo ya generalizado. Llamaron a la puerta. Pidió permiso y cuchicheó con el profesor, a lo que este anunció: —Les van a dar un aviso.

Se dirigió, entonces, a todos los que allí seguíamos acobardados pensando en salir como una diáspora.

— Lo que acaba de suceder ha sido una inocentada. — ¡Bienvenidos a ICADE!


— Autora —
Paloma Fisac de Ron
ICADE E-1 · Doctora en Derecho · Licenciada en Periodismo · Graduada y Diplomada en Criminología

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